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Siento una extraña sensación con resultados cercanos a la paradoja cuando leo a mis compañer=s de este espacio referirse a la IA, de sus prácticas y experiencias vividas, sus reflexiones e inquietudes. La misma que cuando converso y escucho a otr=s colegas que me hablan de sus vivencias, sus logros, sus descubrimientos y sus miedos también. Es un inmenso arsenal que me viene como una ola gigantesca sin saber siquiera –ni falta que hace– si destruirá todo a su paso o irá disminuyendo su fuerza para convertirse en algo a lo que habrá que acostumbrarse, como todo en la vida, más rápido, eso sí. 

En este espacio –que tiene un inmenso poso de conocimiento por si no lo has descubierto aún– hay verdaderas perlas hablando de este nuevo ciclo que nos toca vivir en lo profesional, y en lo personal. La IA, generativa en especial, está modificando maneras de actuar, simplificando procesos e incluso añadiendo nuevas capas inimaginables tiempo atrás, añadiendo recursos, posibilidades y nuevas realidades que aún no aparecen, pero se vislumbran ahí a lo lejos, tras esa ola que llega. Parece que hay más miedo y cautela de la que pensamos, y al mismo tiempo verdaderas ilusiones y descubrimientos que hacen pensar en otras cosas donde antes jamás estuvimos.

Para mí hay “algo” que hace que nos pueda empujar más si cabe no solo en su uso y posibilidades, sino sobre todo en nuestro propio desarrollo profesional: la capacidad de preguntar MEJOR. De mis propias experiencias, como he señalado anteriormente, escuchar a otr=s y atender a personas/entornos que están muy integrados en esta actividad de la IA, escucho decir que “la clave” está en ofrecer una buena/mejor cuestión, unos buenos/mejores contextos, unas buenas/mejores preguntas para que la respuesta que se nos entregue sea aquella que mejor se adecúe a cada realidad y aumente su valor recibido.

Preguntar –vaya cosa más humana– es una de esas habilidades que en nuestro oficio de consultoría, y añado artesana, como no podía ser de otra manera, resulta ser clave. No solo “aquí” sino también en otros como el periodismo, la psicología, la investigación sociológica, las ciencias, la medicina, etc., quienes se enfrentan cada minuto a atender personas y quieren aportar valor con sus recomendaciones, saben de la importancia de una buena pregunta, de encontrar LA pregunta que permita a su vez conseguir LA respuesta. Preguntar es una capacidad a caballo entre la habilidad personal y el conocimiento adquirido y el que queda por adquirir, que se desarrolla con el tiempo, susceptible de mejorar porque siempre hay algo nuevo que sumar a nuestros conocimientos y experiencias previas, tanto para quien pregunta como quien ofrece su respuesta. Preguntar tiene que ver con comprender el entorno en el que sucede la pregunta de la misma manera que tiene mucha relación con la/s persona/s con quien en ese preciso instante estás interactuando.

Tiene la pregunta un condicionante clave en nuestra tarea como consultores o “acompañantes” de organizaciones: ser capaces de escuchar la reflexión que lleva a una persona a contestar a nuestra cuestión. No tiene que ver con encontrar respuestas sin más, sino con la elaboración de ese discurso que nos lleve a esa respuesta que pueda aportar más valor a lo que estemos trabajando. Las preguntas, a menudo, más que cuestiones entre interrogantes son guías de recorrido por donde transitamos las personas para que se generen nuevas ideas que puedan a su vez comprender mejor las cuestiones tratadas y fomentar al mismo tiempo el diálogo y el aprendizaje, algo realmente especial y beneficioso. El reto no es encontrar respuestas, sino más bien que estas sean de calidad, que aporten más valor del que partimos inicialmente y nos ayuden precisamente a una mejora personal y profesional.

Suelo decir a menudo que como personas humanas tenemos la “sana costumbre” –creo– que si nos preguntan, respondemos; desde las preguntas fáciles hasta las más comprometidas, aquellas que desconocemos cuál puede ser la respuesta por lo controvertida que pueda llegar a ser. Sin perder las formas, pero con la claridad que exige querer ser específico, una pregunta adecuada, pertinente, abre un campo para seguir construyendo un conocimiento compartido que también va a compartir valor para ambas partes. Preguntar tiene que ver con conocer en sus diferentes niveles, y el conocimiento adquirido en las respuestas y contrapreguntas posteriores es la recompensa de una acción inicial con el hecho de indagar en la conversación que se genere.

Acción, escenario y recompensa; preguntar, conversación y conocimiento, respectivamente, fueron y son habilidades humanas que consiguen hacernos crecer como personas y como oficio. Afortunadamente en la consultoría, desde cualquiera de sus perspectivas, y en esta red hay muchas de ellas, tiene mucho que ver con esas conversaciones, con esas maneras de conversar y con esas preguntas que nos permiten establecer un vínculo estrecho con el nuevo conocimiento, con el cambio y con las personas. 

Hoy, esa famosa palabra que ya se instala en nuestras vidas, el prompt, nos obliga a seguir indagando más en saber preguntar mejor, comprendiendo quizá todos estos contextos que tenemos en nuestra realidad actual. Preguntar bien, claro y conciso, extender el contexto deseado todo lo posible, escuchar atentamente para seguir profundizando en la conversación e ir enriqueciendo, parece que es el camino para que podamos progresar en nuestro trabajo. Preguntar, el ejercicio constante y diario de ejercer las mejores preguntas, es hoy más clave que nunca, y requiere entender estos nuevos contextos que vivimos para que sigamos creciendo para seguir de pie a pesar del tamaño de las olas que nos vienen. 

Juanjo Brizuela
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