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Soy una persona mayor. Mi abuelo, con 61 años, era un viejo. Yo tengo la suerte de ser solo un señor mayor; todavía no he accedido a la categoría de «viejo». Mi abuelo, para mí, de niño, siempre fue «viejo». Ese era su estado natural; no fui capaz de verle de otra manera. Pero, eso sí, lo vi trabajar y trabajar. A pesar de su condición, cuando mi abuelo había entrado de largo en los sesenta, insisto, seguí viéndolo trabajar. No tanto ya en la fábrica, pero sí en casa, con los animales y la huerta. Su vida fue trabajo; sin elección alguna. Trabajó y trabajó.

Yo, que elegí esto tan atípico de convertirme en consultor artesano allá con el principio de este siglo XXI, he llegado a un estado en el que me veo dejando de trabajar. Me he convertido en un pelma, en un pesado que repite el mismo discurso una y otra vez. Tengo que convencerme de que estoy cambiando de ciclo vital. A mi alrededor conozco casos de otras personas que, con más edad que la mía, se empeñan en continuar trabajando. Sí, cada cual elige, hasta donde puede, su camino.

Claro que soy de los que piensa que la salida del trabajo hay que gestionarla. Otra vez, hasta donde podamos, porque no todo el mundo tiene el privilegio de dosificar la salida. De hecho, para la mayoría, me da que se trata de levantarse un día y descubrir que si ayer tenían que ir trabajar, hoy, en cambio, ya no tienen que hacerlo. De cien a cero.

Dejar de trabajar es una actitud. Sobre todo, tiene que ver con las prioridades. Mi ciclo vital ha virado hacia los cuidados, los de personas que me rodean y a las que se lo debo, pero también los que tienen que ver conmigo mismo. Tengo que cuidarme. ¿Voy a seguir siendo consultor artesano fuera del ámbito laboral, cuando haya finiquitado mi empresa unipersonal y no tenga ya facturaciones que realizar? Es decir, esto de la consultoría artesana, ¿sucede más allá del trabajo remunerado? Desde luego que «dejar de trabajar» no implica –de cien a cero– dejar de ser consultor artesano.

Esa delicada línea que separa mi trabajo de mi no-trabajo nunca me ha tensionado. Suelo poner el ejemplo de viajes cicloturistas en los que he recibido una llamada que ha abierto la puerta a nuevos proyectos. Y no creas que me ha ocurrido una o dos veces. No, la casualidad ha jugado conmigo en bastantes más ocasiones. De hecho, el principal proyecto que he desarrollado con la universidad relacionado con la empresa abierta, en colaboración con EOI, partió de una llamada mientras pedaleaba por el tramo almeriense de la TransAndalus. Créeme que era una especie de fin del mundo subiendo el puerto de Velefique por una pista con unos desniveles considerables. Allí, en aquel tramo, nació un proyecto de los que considero más importantes en mi trayectoria profesional. Trabajo y no-trabajo eran parte de lo mismo; de lo que soy y de lo que hago.

Entonces, en este cansino empeño en que me encuentro –insisto, el de dejar de trabajar–, ¿cómo no considerar la posibilidad de que suene el teléfono o llegue un correo electrónico que abra una nueva puerta? Pero, ¿si ya no trabajo? En breve me voy a Eslovenia a pedalear tres semanas largas. Llevo jugando un tiempo a aplicar mis conocimientos de organización y orden a mi mochila. Sí, son las 5S con las que ahora mismo, por cierto, tengo un proyecto abierto, las que continuo aplicando en mi vida cotidiana. Por supuesto, pedaleando en bici por Eslovenia no estoy trabajando. Ni falta que hace. Pero aplico mucho de lo que he aprendido en tantos y tantos proyectos de 5S.

El sistema quiere que «dejar de trabajar» sea algo que debamos hacer cada vez con más edad. Supongo que, como trabajadores del conocimiento, nuestra cabeza puede continuar bien entrenada para que seamos útiles. Sin embargo, el entorno laboral ha cambiado; se ha vuelto, cada vez más, un territorio inhóspito. La inteligencia artificial, la ambición por los beneficios empresariales, unos salarios que no han crecido lo esperado… a nuestro alrededor los cambios pintan feos.

Aquella consultoría artesana de principios del siglo XXI tiene que pelear por defender su espacio. Los viejunos y las viejunas tenemos que saber hacernos a un lado, pero sin desaparecer bajo el modelo de cien a cero. Siendo sincero, a veces siento que he perdido tensión por el trabajo. Hasta que se me cruza por delante algo que requiere mi atención y que despierta no sé qué por aquí dentro. Entonces, las neuronas comienzan de nuevo a bailar y siento que entra aire por la ventana. Mi salud mental mejora. ¿Es el alimento para el espíritu que necesito para «dejar de trabajar» provocando una paradoja irresoluble? Lo dejo, pero no lo dejo. Así de pesado me siento en mi diálogo interior.

Como decía, mis 61 años me colocan en un ciclo vital en el que las piezas se han recolocado. Ayer mismo comentábamos en la familia cómo queremos organizar nuestro tiempo. Nos sentimos con obligaciones que en otros momentos de nuestras vidas no teníamos. El ecosistema aparece con las mismas piezas, pero su peso ponderado cambia. Cambia radicalmente. O así lo percibo. Dejar de trabajar. ¿Si me preguntan, debo decir que estoy dejando de trabajar, pero que continúo siendo consultor artesano? ¿O esta condición se pierde definitivamente algún día? ¿Qué hago con mi sitio web?, ¿qué hago con mis hábitos de trabajo madrugadores?, ¿qué hago con las suscripciones a herramientas de trabajo?, ¿qué hago con mi dominio consultorartesano.com?

¿Debo pensar en ceder el testigo a alguien en particular? Sé que tengo que hacerlo en algunos casos concretos. De hecho, ya lo estoy haciendo. Hace poco, en un taller sobre relevo generacional, discutíamos la relevancia de cuánto contar y cuánto no; cuánto conocimiento merece la pena transferir y cuánto esta misma transferencia supone condicionar a quienes vienen por detrás. Y aquí, retorciendo este argumento, es donde creo que emerge la cuestión principal, esa que dejé por escrito en la dedicatoria de mi tesis doctoral:

A todas esas personas empeñadas en dejar un mundo mejor para quienes vengan detrás.

Julen Iturbe-Ormaetxe