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He estado dos semanas de pedaleo por las islas de Mallorca y Menorca. Supongo que cada cual nos ponemos una determinadas gafas para percibir e interpretar lo que vamos encontrando. La consultoría que durante tantos años llevo ejerciendo me obsequia (quiero pensar que es así) con un color de gafas que me sirven para aprender, para cuestionar, para sacar conclusiones. En este caso, creo que por primera vez desde que llevo a cabo viajes cicloturistas, he tomado contacto con una realidad que se impone: el éxito también es fracaso. Me estoy refiriendo a cuando las buenas noticias del corto plazo sepultan los desastres que acontecen en el medio/largo plazo. ¿Cómo anticipamos las malas noticias en la consultoría? ¿Debemos, por defecto, adoptar una postura «ceniza» y avisar de que no es oro todo lo que reluce?

En Mallorca se ha instaurado –institucionalmente al menos– la cultura de We Love Tourism. Lo he visto reproducido en diferentes sitios. Por supuesto, en el otro lado de la balanza, los ejemplos, cada vez más abundantes, de Stop Tourism, son también parte de la realidad. Supongo que, en el fondo, tiene que vez con una cuestión de volumen. Lo que en su día fue la Isla de la calma, que consiguió atraer a personalidades del arte y la cultura, de la política o a cualquiera que se pudiera permitir el viaje, ahora ha devenido en un turismo de masas. El impacto económico ha sido evidente. El «milagro balear» ha generado una gran riqueza agregada, pero también tensiones estructurales en el modelo productivo, social y medioambiental. La consultoría de las malas noticias debería haberlo hecho notar desde el principio. Porque tampoco era tan complicado saber que ocurriría.

Claro que la consultoría (artesana o no) se contrata para traer buenas noticias. Quizá haya pocos ejemplos más palmarios del sesgo de confirmación: vamos a fijarnos solo en aquellos indicadores, en aquellos impactos que reman en la dirección del optimismo. A fin de cuentas, para eso te hemos contratado, para que progresemos económicamente, ¿no? Así que proveedor y cliente nos ponemos del mismo lado y remamos juntos: solo nos vamos a fijar en lo que de positivo tienen las propuestas que vamos a implementar.

Si nos ponemos en el rol estrictamente técnico de un proyecto de consultoría, creo que, en realidad, la teoría de gestión de proyectos, ya trae bajo el brazo una propuesta en este sentido. Podríamos ver en el concepto de plan de contingencia la respuesta a cómo enfocar la necesaria consultoría de las malas noticias. Un plan de contingencia no deja de ser sino «una estrategia formal y documentada que define las acciones inmediatas, recursos y responsables asignados para mitigar las consecuencias de riesgos críticos en caso de que estos se materialicen durante el ciclo de vida del proyecto». Pero quizá haya que echar mano también de otro «plan» que incluso iría por delante del de contingencia.

Me refiero al plan de gestión de riesgos. ¿La diferencia? Este plan busca prevenir que los eventos ocurran. El plan de contingencia es una especie de plan B reactivo y estructurado que se activa cuando un riesgo ya ha impactado en los plazos, el presupuesto, el alcance o la calidad pactada con el cliente. Por su parte, el plan de riesgos te viene a decir: pongamos alertas para detectar cuanto antes que nos estamos desviando. Lo ideal: que nos demos cuenta casi en el momento en que se produce. Más ideal aún: que hayamos sido capaces de ver la desviación antes de que el efecto negativo ocurra.

Si vuelvo al plan de contingencia, lo fundamental van a ser los famosos gatillos de activación, esos que en inglés se conocen como triggers. Son umbrales objetivos y cuantificables que determinan cuándo hay que activar una respuesta. Por supuesto, la clave está en que esta respuesta, como medida operativa directa, sirva para neutralizar o contener la desviación.

El problema de fondo que a veces impide ver el riesgo o la contingencia es el modelo mental que estamos aplicando. En el caso que te comento de Mallorca: ¿el turismo es, per se, motor de desarrollo económico y, por tanto, fuera de toda sospecha en cuanto a lo que propone y debemos aceptar? En una versión economicista y de corto plazo habrá empleo, revalorización del territorio y toda una larga lista de beneficios. Sin embargo, mirar solo el lado económico, parece evidente a día de hoy, sepulta problemas sociales y medioambientales.

Así, la consultoría de las malas noticias –sociales y medioambientales, pero también sobre la redistribución de la riqueza económica–  es más necesaria que nunca. Cada cual, en sus proyectos. Es nuestra obligación abrirnos a sistemas de medición e impacto de amplio espectro, que no solo se queden en la zona de confort del corto plazo en que queremos impactar.

Creo que la fase cero de un proyecto de consultoría artesana debe considerar estos argumentos. El cliente debe saber que actuaremos con franqueza cuando necesitemos la consultoría de las malas noticias. La vida es así: siempre vamos a disponer de una balanza en la que repartir positivo/negativo. Mallorca ha visto el progreso. El turismo supone un peso en el PIB que ronda el 40 % – 45 % del total, el empleo que genera representa más de un tercio y la renta per cápita… sí, creció. Pero llega la consultoría de las malas noticias: la evolución durante los últimos 15 años presenta una marcada paradoja económica: mientras que el PIB agregado ha marcado récords históricos gracias al auge turístico, la riqueza relativa por habitante ha sufrido un deterioro estructural frente a la media europea y española.

La consultoría de las malas noticias introduce un indicador socioeconómico: la Renta Disponible de los Hogares (RNDH) en lugar del PIB per cápita. Entonces, la brecha de bienestar se acentúa. ¿Y qué elemento cobra un mayor peso para generar la brecha? Seguro que lo estabas pensando: los precios de la vivienda, algo inherente a la explosión turística de Mallorca del último medio siglo, pero que se ha agudizado en fechas recientes. El alemán, por poner un ejemplo, compra lo que la ciudadanía de a pie insular no puede. Sí, PIB per cápita alto, pero la renta disponible real efectiva queda penalizada por el coste de la vida, superior a la media peninsular.

Me pongo en el caso de me contrataran para dinamizar un proyecto de reflexión estratégica territorial, algo que he llevado a cabo en varias ocasiones. ¿Cómo introducir ahí la consultoría de las malas noticias?, ¿cómo acostumbrar a ver el lado negativo de las propuestas y naturalizarlo?, ¿cómo establecer alertas para tomar decisiones de inmediato cuando se produce la desviación?, ¿cómo evitar la ceguera del corto plazo?, ¿cómo evitar la ceguera de lo económico como vara de medir casi única frente a lo social y lo medioambiental?

El modelo de crecimiento y prosperidad termina con una acampada que reivindica un acceso justo a la vivienda. We Love Tourism. ¿De verdad?

Julen Iturbe-Ormaetxe
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