Creo que he asistido progresivamente, a lo largo de mis años de trabajo como consultor artesano, a una redefinición del vínculo entre la persona y su lugar de trabajo. Cuando digo «lugar de trabajo» lo entiendo en un doble sentido: el trabajo en general –consustancial a la evolución de nuestra sociedad en esto llamado cada vez con más dudas «primer mundo»– y la organización concreta en la que se trabaja. Si miro el entorno de cooperativas y de economía social con el que me he relacionado, la idea de trabajar un «proyecto compartido» siempre ha estado ahí. Claro que esto era posible a partir de creer que, efectivamente, como planteó Arizmendiarrieta hace muchos años, el trabajo es un poderoso factor de transformación social.
Seguramente mi generación, la del baby boom, consideró que el trabajo, al que dedicar más o menos tiempo y más o menos cariño, era algo relevante. Ocupaba un lugar central en nuestras vidas, refunfuñáramos o no respecto a lo que nos ofrecía. En el mundo del cooperativismo, justo cuando el siglo pasado tocaba a su fin, me tocó vivir una experiencia que me marcó. Ante mis narices asistí a una transición bastante traumática en la dirección general de una cooperativa. El discurso de fondo era, no obstante, el mismo: todo el mundo argumentaba el compromiso con la cooperativa. Pero allí entendí que tan importante como seguir trabajando en una organización es dejar de hacerlo.
Es ahí donde sitúo el título de este artículo: la fidelidad patológica. Vinculación y desvinculación son dos procesos que van a suceder; es ley de vida. Sin embargo, exagerar el vínculo –más hoy en día en el que la fragmentación y la discontinuidad han ganado mucho espacio– es sembrar dolor y sufrimiento. Por supuesto que es de desear que las personas se vinculen con sus trabajos y con las organizaciones en las que los desempeñan, pero en el continuo que va desde el desapego hasta la comunión absoluta conviene encontrar un justo medio. Vale, sin caer en la equidistancia, pero tampoco en la tentación de que el color de las gafas con las que miramos la realidad es el de la organización desde la que lo hacemos.
Creo que cada cual debería, desde el principio, gestionar la forma en que se va a hacer prescindible. Este es un asunto extraordinariamente delicado que necesita confianza entre las partes. En mi blog personal he escrito unas cuantas veces sobre la irrelevancia. Este es un concepto que Sennett manejaba en La corrosión del carácter
«¿Quién me necesita?» es una cuestión de carácter que sufre un cambio radical en el capitalismo moderno. El sistema irradia indiferencia.
En realidad, entramos en una paradoja, en un dilema, que nos puede hacer mucho daño. La inteligencia artificial está ocupando un espacio que antes era nuestro, de las personas, y por ahí podemos ser irrelevantes para ciertas cuestiones. Si, además, tengo que gestionar mi fagocitosis, para desaparecer cual Homer Simpson y que otras personas ocupen mi lugar, el asunto se vuelve muy delicado. Quiero pensar que la desvinculación implica que afrontamos un nuevo proyecto vinculante. Es decir, nos desconectamos de uno y nos reconectamos con otro. No se trata de un salto al vacío, sea porque la IA asalta unas cuantas tareas que antes eran exclusivamente humanas o porque mi ciclo profesional llega su fin. Debe haber un salto hacia delante, si bien es casi imposible que se produzca siempre como progreso lineal.
A veces pienso que sería obligatorio abandonar una organización tras una serie de años en ella. ¿Lo ves como un sinsentido? Quizá no podamos aplicar la misma regla a todo el mundo. Habrá casos y casos. Pero soy de los que cree en los ciclos. Ciclos vitales y ciclos profesionales. Los ciclos implican nacimiento, desarrollo y muerte. Sí, muerte. Hay que enterrarlos con respeto, el final va implícito en la idea de ciclo. Y ese final, que es puerta abierta a una siguiente etapa, forma parte de nuestra existencia. Así ha sido, es y será. Estamos de paso. En la vida en general y la del trabajo en particular.
Todo esto que comento espolea la inseguridad en nuestra existencia. La seguridad psicológica, me temo, debe provenir hoy de otros elementos. El trabajo ocupaba un espacio en esa provisión de certezas, pero no creo que debamos fiarnos de su permanencia en el tiempo. Porque cuando la desvinculación no es una decisión propia, sino ajena, entonces todo es mucho más complicado. Que te desvinculen es una buena faena. Vincularse y desvincularse son dos caras de la misma moneda porque, como decíamos antes, los ciclos en nuestras vidas sí que resultan evidentes. Sucederán y, por tanto, mejor si los gestionamos, hasta donde sean gestionables, de forma proactiva.
La desvinculación es hacerse a un lado. Otras personas deben cobrar protagonismo para que se empoderen y sean responsables de su futuro. Cuando salimos de escena, el sistema se altera y aparecen elementos hasta entonces encubiertos. Y, cuidado, porque muchas veces el gatopardismo es más poderoso de lo que creemos. Cambian las personas, cambia el entorno, cambiamos productos y servicios, cambiamos, cambiamos, cambiamos… y resulta que todo sigue, más o menos, igual. Quizá hay algo por ahí detrás que no somos capaces de entender y que, de alguna manera, provoca que el statu quo no desaparezca del todo. ¿El mismo de antes? Lógicamente no, pero tantos años hablando de cambio acelerado, tantos años de turbulencia, de VUCA, de BANI, y aquí seguimos asistiendo a la escena de cómo todo se reconfigura mientras el argumento global sigue en pie.
La vinculación, como valor exagerado, hace daño.
Imagen de Matthias Koll en Pixabay
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