Todo avance contemporáneo nos lleva a mirar irremediablemente hacia atrás. La ilusión de la novedad y la sorpresa nos obligan a hacerlo hacia más allá y “bien lejos”; pero en determinados momentos, cuando la efervescencia del descubrir pierde su energía inicial, giramos el cuello hacia atrás como esperando una guía, un dedo que nos indique una dirección, u otra mano que se ofrece a acompañarnos a cruzar el camino por descubrir.
Desde que tuvimos nuestro pasado #redca13 hace unas semanas (tienes además aquí las referencias de los posts de Asier, Julen y el mío propio) en estos días que han pasado, esta sensibilidad y acción al mismo tiempo con la IA, más conversaciones, podcasts varios y otras herramientas, ha pasado a los primeros planos del día a día.
Reconozco que ya tengo un mayor acercamiento, trato de experimentar y comprender cómo piensa y cómo me responde, intento ser más consciente de qué consulto y qué quiero obtener, qué diques mentales construyo por si acaso, qué permito y qué rechazo, con qué me quedo para seguir avanzando con muchas de las ideas, proyectos, dudas y espacios de trabajo en los que me encuentro. Reconozco también que miro atrás, busco en ese retrovisor para ver si hay algo “pasado” aún reconocible que se ponga en paralelo con esta nueva cultura de pensar, generar, hacer y aprender.
Lo que también tengo claro es que, más allá de las habilidades que hemos de desaprender y otras que tenemos que aprender y aprehender, nuestra “otra” labor tiene que ver con eso que llamamos criterio. Sugerí en mi post, entre otras palabras, que criterio se antojaba como una clave para consolidar esta nueva etapa en nuestras vidas y oficios. Criterio quiere decir encontrar una norma o baremos para encontrar una verdad, o disponer y pivotar determinados argumentos para justificar una correcta decisión. Estos argumentos quedan firmemente consolidados en nuestra memoria y personalidad de forma que siempre podemos recurrir a ellos para avanzar en nuestro propio desarrollo, esta vez profesional.
Tener criterio nos permite explicar una decisión con datos, información, contraste y experiencias pasadas. Tener criterio, además, nos da pie para generar nuevas conversaciones que fijen bien nuestros argumentos, para contrastarlos o modificarlos o bien para despejarlos fuera si no encajan con el contexto en concreto. Tener criterio, en estos momentos de IA, tiene mucho que ver también con tener ese espíritu crítico, a veces un poco distante, otras de contraste, que tenemos que poner en primer plano cuando caminamos de su mano.
He vuelto a mirar (atrás) una vez más el libro de cabecera de nuestro Richard Sennett, “El artesano”, para rebuscar algunas frases que actualicen esta nueva manera de poder crear, desarrollar, hacer y aprender de la actualidad. Me reconforta leer que es preciso pensar y hacer al mismo tiempo, ese prototipar para ver si una idea o recomendación puede surtir impacto real en la práctica. Me gusta esa maestría que adquieres cuando reflexionas sobre lo que se hace y cómo se hace, tomar la distancia adecuada para buscar una mirada que afine una vez más nuestra sensibilidad a los matices y nuestro propio juicio profesional. Me gusta ver cómo, por ejemplo, es preciso entablar diferentes niveles de conversaciones entre problema y solución, entre las partes implicadas, entre las soluciones que escogemos e incluso aquellas que rechazamos para entender por qué han sido rechazadas, para entender mejor cada contexto y no únicamente un copia/pega de manual que llevamos con nosotr=s. Comprender las resistencias, estrujar las primera opiniones, reconocer las dificultades para caminar en esa calidad y excelencia que quiere, como digo, impactar de verdad. Entender no los qués, sino cómo son esos enfoques, esos tiempos, esos pequeños impedimentos, esas adaptaciones que se necesitan, ese buscar el “otro lado” que nos ayude a desarrollar mejor el trabajo a realizar.
Así que en esta labor que vamos realizando día a día, me preocupa cómo alimentamos nuestro criterio en un mundo que se está acostumbrando “demasiado rápido y fácil” a las respuestas rápidas, casi inmediatas, como esa pócima que tienes delante que te produce placebo. No todo es tan fácil ni tan rápido, hay que seguir incidiendo en esa necesidad de observar antes, esperar un poco y volver a repreguntar no para obtener la respuesta que “creemos desear”, sino para ser conscientes de ese nuevo planteamiento a lo fácilmente reconocido. Hay que reencontrar ese jugar con el tiempo para madurar esas ideas, ese “plop/plop” que hace que unas horas más tarde, o unos días después, veamos las cosas con esa perspectiva que te hace decir “ya lo tenemos”, entender que es un proceso, no una simple devolución como si fuera un frontón de pelota mano. Y mantener y potenciar que es más importante que antes, ese espíritu de la inquietud, de la curiosidad por saber, de ese preguntarnos diario si hay algo que se puede mejorar o alguien que nos puede dar otro punto de vista certero para seguir profundizando y actuando mejor.
Como traté de concluir en ese post, “El desafío no es la herramienta en sí, el desafío real somos nosotras y nosotros mismos y lo que seamos capaces de «madurar» como individuos y nuestros conocimientos y comportamientos hacia nuestros pares”. Quizás entonces sí que sepamos dar sentido a lo que la IA nos puede llegar a aportar de verdad: el bendito criterio.
Foto de Stan Versluis en Unsplash.
- Desarrollar más criterio - 10/02/2026
- Preguntar mejor - 04/11/2025
- Si fuéramos clientes - 15/07/2025
Últimos comentarios