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Esta semana tuvimos la suerte de volver a escuchar en directo a Amador Fernández Savater; esta vez presentado por nuestra amiga Violeta Cabello. Venía a presentar su último libro “La batalla del pensamiento”. 

No sé muy bien cómo describir cómo me afectan los textos de Amador. Hace unos años un colega dijo que yo leía con el cuerpo, que mucho de lo que otras personas pasaban por la cabeza o por el corazón, yo lo hacía con las vísceras. Escuchar a este autor me conecta con fuerza con esta experiencia y tiene que ver con lo que dice, con los permisos que recibo para seguir conectado/asociado en un mundo que busca todo lo contrario, y con, cómo lo dice, explorando, conectado, queriendo saber más, reiterativo y explorador en sus preguntas…

Esta vez no cogí notas y ahora me arrepiento.No voy a ser capaz de trasladar a este texto la música. Lo hice la última vez que nos visitó en Bilbao. Hoy me da pena no traer algo más pegado a lo que fue el encuentro. Leedle. 

Venía esta vez Amador con la ESCUCHA como bandera. Rescato de su artículo junto a Ernesto García López, que también está recogido en el libro que presentaba en Bilbao, este ejercicio al que nos invita a:  “ (…) la escucha como apertura a lo desconocido, que se arriesga a captar elementos inesperados o contradictorios, y está dispuesta a armar algo con ello (un diagnóstico, una propuesta). No se escucha entonces para vencer o para convencer, sino en primer lugar porque no se sabe, no se entiende, se tienen preguntas de veras, lo conocido ya no da más de sí.”

Y la diferencia el autor de esta otra escucha “(…) retórica que pregunta, consulta y pide la participación, para terminar haciendo más o menos lo que se tenía programado de antemano, (…) instrumental que es puramente cuantitativa y tiene una función clara: anticipar comportamientos, pulir mensajes, confirmar hipótesis, detectar tendencias, emociones blandas, aceptación de líderes.”

Y plantea esta reflexión en la comunicación política pero yo la traigo al mundo de las organizaciones y me ayuda. Conversaba esta misma mañana en la apertura de un posible nuevo proyecto sobre la necesidad de comprender y lo hacía después de haber puesto en valor todo lo aprendido en un ejercicio de investigación y contraste riguroso y profesional. Les preguntaba, después de este reconocimiento: “¿Hay alguna pregunta que os gustaría explorar y a la que aún no habéis podido dar cauce? ¿Tenéis alguna pregunta a la que no hayáis encontrado respuestas?”. Y lo hacía en la certeza de que solo vamos a poder construir un proceso complementario al que han podido activar si encontramos aún algún punto ciego al que les gustaría dar luz.

Continúa Fernández-Savater escribiendo en este texto: “Podemos decir que es una escucha por desplazamiento: hay que desplazarse (no sólo física, sino mentalmente) para escuchar, salir de los circuitos autorreferenciales y entrar en contacto con lo desconocido, y eso que se escucha desplaza a su vez lo que pensábamos y hacíamos hasta el momento, cambia nuestra manera de pensar, de hablar y de proponer políticamente algo (escucha incluye interpretación)”. 

¿Cómo acompañamos en esta ESCUCHA POR DESPLAZAMIENTO? Me parece una pregunta clave. Conecté con fuerza con esta sensación de no encontrarnos ante una actitud épica ni heroica, aunque en momentos la apuesta por comprender parece pelear con la necesidad de defendernos o atacar. Escuchar de esta manera es una necesidad vital, y en la medida que la traigo a este post diría también que profesional. 

Volvemos a conectar con la necesidad de comprender para no repetir, dar un espacio al otro y lo que piensa y siente sin tener que justificar ni comprar el resultado de su experiencia y digestión. Una apuesta por abrir espacios significativos. En el texto que os comparto Amador habla de los “espacios de vida”, aquellos lugares donde nos encontramos y donde “el malestar se hablaba sin necesidad de hacer de él un dato, la vida cotidiana se compartía sin ser producto ni mercancía, las contradicciones se elaboraban en común, lo cualitativo tenía tiempo de decantarse, el rumor tomaba forma. El ruido de fondo se captaba a través de una escucha sensible, con el cuerpo, y de un tiempo compartido”

Terminó hablando de la necesidad de preparar nuestros cuerpos para la escucha. Conectarnos de manera consciente con el ejercicio que vamos a realizar y traer nuestro cuerpo a la experiencia. 

Suelo decir de mi manera de trabajar que lo único que sé hacer realmente bien es escuchar y devolver lo que escucho. Incluyo en mi proceso de desarrollo profesional un siguiente paso, un reto: una escucha por desplazamiento.

Asier Gallastegi