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Tiendo a pensar a menudo qué haría yo si estuviera al otro lado. En este mundo de la consultoría, que conlleva la acción, a veces siento que si yo fuera el/la cliente cómo me sentiría ante algunas de las propuestas presentadas, por algunas de las preguntas en busca de otras respuestas y por reflexiones que hacemos que quieren provocar revolverse en la silla del despacho después de minutos y minutos de conversación. Si nos pusiéramos al otro lado, quizá también reconoceríamos mejor el trabajo de los demás.

Me gustó leer hace unos pocos días que “llega un momento de tu vida profesional en el que casi todo es networking y diván” y sabiendo que uno ya ha pasado el ecuador de la cincuentena de años, parece que es así. Las relaciones son muchas veces las referencias que tenemos en nuestra agenda de teléfono, y el diván es la metáfora que mejor representa una etapa de nuestra vida profesional donde además del teclado y las notas que tomamos en nuestros cuadernos nos describen también las conversaciones y las charlas recíprocas, y de ahí surgen los replanteamientos propios hacia nuestra propia actividad.

¿Cómo seríamos si fuéramos clientes?

Un primer escalón tiene que ver con el contraste. Los puntos de vista y los matices siempre enriquecen la propuesta inicial. Una parte de nuestro trabajo, entiendo que ese que tiene que ver con lo productivo e incluso la inicial generación de ideas, tiene que ver con tener nuestra propia seguridad de que lo que pensamos/hacemos puede ir por el camino correcto, pero, por otro lado, necesitamos contraste respecto a esa idea inicial, a esa acción determinada. Encontrar “alguien” que lo revise con la inocencia del desconocimiento, pero también con el contexto en el que abordamos nuestro trabajo nos permitiría afinar más una acción / idea que quiere ser llevada.

Otro escalón tiene que ver con la necesidad de profundizar en un tema concreto. Buscamos a menudo la especialidad de alguien que bien por su trayectoria, bien por su campo de actuación “domina” una materia en la cual estamos inmers=s. Esta profundización tiene que ver a su vez con dos fases: la formación, por un lado, y el propio desarrollo lo más completo posible por otro. Querer saber de una nueva materia nos exige tener una predisposición abierta para integrar un conocimiento en nuestro campo de actuación, de ahí la formación y lo más importante: el deseo de aprender, que es condición indispensable para un buen desarrollo posterior. Por otro lado, estaría el desarrollo. Aquí, nuestra confianza debe ser plena para llegar a ver hasta dónde podemos llegar con un tema en concreto, cuál es el nivel de detalle y sobre todo cómo podemos superar una expectativa que inicialmente tiene unas bases claras, pero que necesitan de una solidez necesaria para conseguir impactar en la organización a corto y a medio plazo.

El siguiente escalón tendría que ver, desde mi punto de vista, en el seguimiento. Es cierto que se necesita una continuidad temporal en nuestros proyectos, pero también es verdad que esa “vigilia” conviene tenerla presente para saber si existen o no las desviaciones, si se sigue la pauta diseñada en un inicio o si bien necesita correcciones que permita o redefinir algunos aspectos e incluso replantear propósitos iniciales. El seguimiento probablemente sea uno de los mayores problemas que se tienen en muchas organizaciones para llevar a cabo planteamientos que impacten en el día a día y abran nuevos caminos de sostenibilidad y desarrollo futuro tanto individuales como colectivos.

Y, finalmente, para mí, la exploración. Saber que tienes ahí a una persona/profesional con quien puedes contar en determinados momentos, que se genera una relación recíproca de conversación, ideación y acción, permite que surjan momentos, oportunidades, nuevos planteamientos que puedan abrir campos inexplorados hasta entonces, y que puedan suponer un nuevo camino para ambas partes. Enfrascados como estamos en el día a día, tener un espacio interior/exterior que pueda tener esta libertad y confianza de la nueva generación supone una relación de ganar/ganar para ambas partes: la/el cliente, la posibilidad de una nueva oportunidad de negocio o de desarrollo organizacional, para la/el consultor otro camino más de exploración que abra conocimientos, nuevos aprendizajes que nos exijan más estudio e ideación, desarrollos y prototipados, e incluso colaboraciones externas en algún sentido, con otras personas, con otras entidades.

Si vuelvo al 3r párrafo de este post y releo de nuevo los párrafos siguientes quizá esté también descubriendo nuestra faceta como consultoría, y vemos ahí como desde “lo artesano” no nos quedamos exclusivamente en un perfeccionamiento de nuestra actividad sino también en una actitud abierta y cómplice con nuestros proyectos y clientes. Quizá tengamos un campo nuevo de desarrollo. Quizá algun= de nosotr=s hemos sido también “clientes” en algún momento y nos vendría bien desde esa reflexión inicial de hacer de la empatía una parte importante de nuestra actividad saber dónde aportamos valor de verdad.

P.S. Imagen de Josh Calabrese en Unsplash https://unsplash.com/es/fotos/persona-con-anteojos-qmnpqDwla_E

Juanjo Brizuela
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