Si quieres puedes compartir este contenido

Déjame empezar con algo.

Cuando acompaño a organizaciones en sus procesos de transformación, no solo estoy facilitando un cambio: estoy siendo testigo de algo más profundo. Estoy viendo cómo las personas se reconectan con lo que realmente importa, con su propósito, con su capacidad de construir algo juntas que ninguna podría construir sola.

Bonito, ¿verdad? Redondo. Con cierta profundidad. El tipo de párrafo que invita a darle a «me gusta» antes de terminar de leerlo.

Lo ha escrito una IA. En doce segundos. Con las instrucciones más genéricas que se me ocurrieron.

Y ahora viene la pregunta que no tiene respuesta cómoda: ¿lo habrías notado?

Llevamos un tiempo leyendo textos que suenan así. Y cada vez más. Lo curioso es que, una vez que aprendes a verlo, no puedes dejar de verlo.

Existe una gramática de la IA. Un conjunto de tics, de estructuras, de giros retóricos que se repiten con una regularidad que ya no es casualidad. Son los patrones que los modelos de lenguaje han aprendido a asociar con «sonar profundo», «sonar experto», «sonar humano». Y los ejecutan con una eficiencia que da un poco de vértigo.

El más común es la estructura de la falsa tensión resuelta:

«La clave no está en dominar la IA, sino en convertirla en rutina.» «Esto no es un problema tecnológico. Es un problema humano.» «No se trata de hacer más. Se trata de hacer lo que importa.»

La fórmula es siempre la misma: niego algo obvio para afirmar algo que suena a revelación. El problema es que la revelación, examinada de cerca, tampoco dice gran cosa. Es el equivalente textual de una vela aromática: da sensación de profundidad sin iluminar nada.

Luego está la solemnidad de lo cotidiano. La IA tiene una habilidad particular para convertir cualquier acto ordinario en gesto histórico:

«Cuando enciendo el ordenador cada mañana, no solo estoy empezando una jornada: estoy eligiendo el tipo de profesional que quiero ser.»

O su versión más elaborada, copiada literalmente de una publicación reciente:

«Porque cuando confían en ti para poner voz, estructura y sentido, una siente que no solo está presentando un proyecto: está representando una forma de trabajar, una visión compartida y muchas horas de compromiso silencioso.»

Más palabras, misma operación. Inflemos lo ordinario hasta que parezca trascendente.

Y su variante, la épica del privilegio:

«Tener la oportunidad de acompañar a estas personas no es un encargo. Es un honor.»

Y, por supuesto, el cierre motivacional con pretensión de aforismo. Esa frase final que está diseñada para ser capturada en pantalla, subrayada, compartida con tres emojis de fuego:

«El emprendimiento joven no es el futuro: ya está pasando.» «Lo mejor de trabajar con IA todos los días no es lo que hace. Es la velocidad a la que te permite aprender.»

Frases que suenan a algo. Que tienen el peso justo para parecer sustanciosas. Y que, si te paras dos segundos a pensarlas, se disuelven como azúcar en agua caliente.

Todo esto ocurre en un ecosistema que lo ha hecho posible y que lo alimenta a diario. LinkedIn se ha convertido, en los últimos años, en algo que no estaba en el prospecto: un mercado de mensajes wow, poblado de profesionales envueltos en un glamour cercano y amable, mostrándose deseados a sí mismos, viviendo vidas profesionales que parecen siempre en el mejor momento.

La cultura del filtro en Instagram nos es familiar. Imágenes que no recogen la realidad, sino una versión aspiracional y pulida de ella. Pues bien, esa cultura ha encontrado su equivalente en LinkedIn. Aquí el filtro no es un efecto de luz ni un retoque de piel. El filtro es el molde gramatical. Bienintencionado, sí, pero con una fuerza narrativa exagerada y sistemáticamente fuera de contexto.

Hacer scroll en LinkedIn hoy es acercarse a una fiesta de disfraces donde nada es exactamente lo que parece. Entre máscaras, la gente comenta sin profundidad textos que nacen sin fondo. Y en ese ruido, nos dicen los expertos, es donde se hacen los negocios hoy día.

Permíteme que dude de que esto sea sostenible. Ya somos muchos los que hemos dejado de creer en quien publica sistemáticamente de este modo.

Hasta aquí, todo muy cómodo. Señalar los tics ajenos tiene algo de deporte. Es fácil reconocer la gramática de la IA en el post de otro, reírse un poco por dentro y seguir scrolleando con la conciencia tranquila.

Pero aquí es donde el asunto se complica. Y donde, si me lo permites, voy a pedirte que te mires en el espejo un momento.

¿Cuántas veces has abierto ChatGPT, Claude o el modelo de turno y le has pedido que te ayude a escribir algo? ¿Un post, una presentación, un correo importante, una bio profesional? ¿Y cuántas de esas veces has publicado o enviado el resultado con retoques mínimos, o ninguno, diciéndote que «total, la idea era tuya»?

No te estoy juzgando. Lo hace casi todo el mundo. Yo también lo he hecho.

El problema es usar la IA para parecer, no para expresar en palabras un razonamiento propio de cierta validez. El problema es usar la IA para parecer más reflexivo de lo que puedes llegar a ser. Más elocuente de lo que serías capaz de ser en persona. Más profundo de lo que el tema que tratas merece. 

Cuando delegas tu voz en una máquina sin poner tu criterio, tu experiencia y tu incomodidad encima de la mesa, estás construyendo una impostura. Una impostura muy bien redactada, con buena estructura y sin faltas de ortografía, pero impostura al fin.

Hay quien ha delegado su inteligencia en la IA. Y hay quien simplemente ha encontrado en ella el mejor escaparate para la que ya tenía. En ambos casos, el resultado es el mismo ruido.

La pregunta incómoda es anterior a la IA: ¿había algo que decir antes de abrir ChatGPT? Quienes tenían algo que decir siguen teniéndolo, y se nota. Sus mensajes tienen más alcance porque tienen más fondo. Quienes no tenían mucho que decir antes de abrirla, ahora lo dicen con más palabras. Palabras vacías, rodeadas de emojis y estructuras gramaticales fabricadas para causar impacto.

Para terminar, solo voy a dejar una cosa encima de la mesa.

Ningún modelo de lenguaje puede generar el rastro de haber pensado algo de verdad. No tiene dudas propias, ni rodeos, ni contradicciones genuinas. No ha llegado a ninguna idea por el camino largo. La huella humana se reconoce en quien la tiene. Y su ausencia, también. 

La IA imita el resultado del pensamiento con una eficacia asombrosa. Lo que no puede imitar es el pensamiento mismo: el proceso, la duda, el rodeo, la contradicción que lleva a algún sitio. Y las lectoras y los lectores, aunque no siempre sepan nombrarlo, perciben la diferencia entre un texto que ha pasado por todo eso y uno que simplemente llena el muro.

Así que la pregunta no es si vas a seguir usando la IA. Claro que sí, yo también. La pregunta es qué pones tú antes de abrirla. Qué criterio, qué experiencia, qué incomodidad genuina llevas a esa conversación. Porque si no llevas nada, ella tampoco te va a dar nada. Te va a dar doce segundos de párrafo redondo que suena a algo, pero sobre todo hace ruido.

Nacho Muñoz

Este sitio web utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de usuario. Si continuas navegando estas dando tu consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pincha el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies