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Igual es el efecto derivado de esta semana de “trabajaciones”, pero me he puesto a escribir este post con un sabor agridulce en el teclado. Te cuento. Durante estos días, he estado dando “buena forma y fondo” (o eso espero) a las presentaciones que acompañaran algunas de las acciones formativas que tengo que facilitar antes que el termómetro marque los 30 grados a la sombra en la capital.

He invertido unas cuantas horas, quizás demasiadas, de esas que normalmente no se pagan porque el concepto “ideación y diseño de los materiales del taller” cuando este tiene una duración de unas cuantas horas y se desarrolla únicamente en un día, en ocasiones, se borra con típex. 

Así, sin aplicar el ojo de buen cubero, y siendo realista, esto es echando mano de mi Toggl gratuito, que es el cronómetro (o time tracker que suena más fino y profesional) que utilizo para saber en qué “demonios” gasto invierto mis tiempos, dice que por cada hora de taller, en presencial o virtual, dedico casi tres horas en diseñar el material (in)formativo que lo complementará.

Y si has hecho la cuenta, verás que esta inversión vale la pena si me toca repetir la formación un par o tres de veces, pero en caso contrario, los números cantan por lo “bajini”.

Y por si la parte económica antes mencionada no fuera suficiente, entro de lleno en otra cuestión que me quita algo de sueño, ¿cuánto de lo preparado es revisado de nuevo tras los minutos de taller? ¿Cuántas personas se sentarán en su escritorio con un café o un té y abrirán el archivo para consultar dudas o revisar contenidos que igual deseen transferir a su realidad laboral? ¿Cuántos de esos enlaces serán visitados para recabar informaciones o contrastar opiniones?

No formulo las preguntas anteriores con malicia ninguna en mi lengua, pero la verdad sea dicha, creo que todo ese material es solo un entregable que en muchos casos sirve para que las personas (entre las que me incluyo) tengamos un “alguito” guardado en la subcarpeta de la carpeta que nos aporta cierta tranquilidad, aunque después de un lustro las diapositivas o el documento alojado en la nube tenga los bordes amarillentos.

En estos tiempos donde los segundos dedicados a lectura parece que se tengan que mendigar debido a los múltiples estímulos que nos rodean, puede que sea un buen momento para replantearnos qué tipo de materiales adicionales brindamos tras finalizar nuestra puesta en escena. Por la diosa Atenea, no digo que a lo textual le tengamos que “cortar la cabeza”, pero quizás sí tenemos que plantearnos, o al menos una servidora, cuál es el volumen de hojas o diapositivas, con sus respectivos hiperenlaces (fiables, actualizados y de calidad) que debería incluir y con qué otros formatos tendría que “rejuntar” a mis palabras (ej. infografía, vídeos, pódcast, mapa mental, imagen interactiva, etc.). 

A lo mejor, solo debería escribir una hoja Din-A4 con una infografía-resumen, con tres ideas-fuerza, como mucho cinco preguntas directas aptas para la reflexión en soledad o buena compañía, esto es crítica y constructiva, cinco referentes del tema para ir haciendo red y siete enlaces a sitios web de relevancia (ya sean estos webs de organismos, posts, artículos, presentaciones, vídeos cool, etc.). Todos son números impares (los pares no me gustan) así que quizás el 135 579 sería el nombre de una nueva estructura de un material de acompañamiento que tendría el envoltorio de una sola hoja. 

Para ayudarme a mí a facilitar, las miguitas de pan o las baldosas amarillas que podría utilizar, no tendrían que estar maquetadas, tuneadas con perfilador y tonos corporativos. Igual sí que sería necesario contar con unas cuantas imágenes o algunas frases o cuestiones que proyectaría, pero quizás eso sería todo, todo y todo.

Y claro, después está el tema de lo físico, el típico plan B por si se va la luz (fenómeno que ya aconteció) o se cae Google (hecho que también he sufrido en mis carnes y neuronas), que en mi caso se suele traducir en, por un lado, mi kit docente que incluye dinero en efectivo tamaño reducido, premios en metálico y también en especias (ej. jamón cinco jotas, tomate de la huerta, calcetines de lana de oveja y bufandas con estampado de los 80’), pósits con valoraciones estupendas escritas en pósits de colores (del tipo “¡EXCELENTE!”, “¡MUY TOP!” o “1000 PUNTOS”) o elementos asociados a la gamificación como son 100 puntos o 50 puntos. Por otro lado, también suelo tener en mi libreta, de tapa dura con páginas blancas, todo el cronograma de la sesión con dibujillos, preguntas y acciones a todo color que puedo replicar en un plis-plas en la pizarra física o virtual que me pongan por delante.

En fin, todos estos párrafos solo para comentarte #3cosillas:

#cosilla1 – Igual va siendo hora de meter en el presupuesto de facilitadora el monto relacionado con la ideación y el desarrollo de materiales cuando estos dan casi, casi para escribir un capítulo de “Elige tu propia aventura”.

#cosilla2 – Quizás los recursos (in)formativos posttaller tendría que sintetizarlos en una hoja y los míos del “durante” debería poder tunearlos a mi imagen y semejanza, porque para eso son para mí y para proyectarlos en un momento determinado para que sirvan a las personas participantes en determinados segundos del curso.

#cosilla3 – Sería bueno poder tener datos fiables, para analizarlos con lupa, criterio y sentido constructivo y tomar decisiones, sobre cuántas personas después de transcurridos dos o tres meses de la formación se han vuelto a mirar los apuntes y para qué lo han hecho.

Estoy muy “pidona” y eso que las para que lleguen las Reinas Magas, aún me quedan unos cuantos meses, pero aquí lo dejo para darle algo más de espacio en mi memoria a largo plazo.

Ana Rodera

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