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A veces los proyectos no salen como esperábamos. Una puede tener toda la ilusión, la planificación e incluso la experiencia necesaria… y aun así, algo se tuerce. No siempre se trata de falta de capacidad o de profesionalidad; muchas veces simplemente somos personas, con nuestras cargas personales, con nuestros altibajos de energía, con circunstancias que no siempre podemos controlar.

Cuando eso ocurre, inevitablemente el cliente lo nota. Y la relación puede tensarse. En ese momento, existen dos caminos posibles:

  1. Seguir adelante en silencio, intentar corregir los errores poco a poco, disimular y esperar que el resultado final compense.
  2. Hablar con sinceridad con el cliente, reconocer que las cosas no han fluido como deberían y proponer conjuntamente una solución que salve el proyecto.

Yo, quizá por mi forma de ser, necesito elegir siempre la segunda opción. Porque soy consciente de que cuando alguien confía en mí para llevar a cabo su proyecto, me está entregando algo muy valioso: su confianza, su visión, su esfuerzo previo. No es justo seguir adelante sin poner las cartas sobre la mesa.

He aprendido que decir “lo siento, no pude hacerlo mejor” no es un signo de debilidad, sino un acto de honestidad. Es la manera de reconocer que detrás del trabajo hay una persona que quiere hacerlo bien, pero que también tropieza. Y, al mismo tiempo, es la puerta a encontrar una salida más sólida junto al cliente, en vez de crear un muro de silencio y apariencias.

Con el tiempo también he entendido que esos momentos difíciles son, paradójicamente, los que más nos hacen crecer profesionalmente. Nos obligan a revisar nuestros procesos, a ajustar expectativas, a poner límites más claros y a cuidar mejor nuestros tiempos. Son oportunidades para transformar la frustración en aprendizaje, y para recordar que la excelencia no consiste en no fallar nunca, sino en saber reaccionar con madurez cuando algo se tuerce.

Tener una conversación honesta con un cliente no solo puede salvar un proyecto, sino también fortalecer la relación. La transparencia genera confianza a largo plazo; demuestra compromiso real, no solo cuando todo va bien, sino también cuando toca asumir errores. Porque al final, los clientes también son personas, y muchas veces, suelen valorar más la autenticidad que la perfección.

No siempre es fácil tener esa conversación. Supone exponer vulnerabilidades, admitir fallos, aceptar que no somos infalibles. Pero creo que es la única manera de que un proyecto siga teniendo sentido y de que la relación con el cliente pueda crecer desde la confianza, no desde la desconfianza.

Porque al final, más que proyectos perfectos, lo que buscamos son relaciones de trabajo auténticas. Y en lo auténtico siempre hay espacio para la verdad.

Naiara Pérez de Villarreal
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