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Isaac Rosa, en Las buenas noches, su última novela, nos sumerge con ingenio y lucidez en las diatribas de un insomne. Pero su historia va mucho más allá del desvelo personal y las peripecias de su personaje: plantea que el insomnio no es solo un trastorno individual, sino un síntoma colectivo, el reflejo de un desequilibrio social profundo.

No dormimos porque habitamos un sistema que nos roba el sueño, que ha convertido el descanso en sospechoso, el silencio en improductivo y la pausa en un lujo reservado a las personas que ya no cuentan. No dormimos porque la incertidumbre nos desvela, porque la voracidad neoliberal ha erosionado lo más elemental: la posibilidad de habitar con sosiego el lugar donde vivimos, de saber que el techo que nos cobija no será un privilegio efímero.

No dormimos porque el trabajo ha dejado de ser sinónimo de estabilidad, porque la precariedad se filtra en cada resquicio de la vida cotidiana. No dormimos porque el miedo ha reemplazado al descanso: miedo a no llegar, a no estar, a no valer, a no ser.

Y así, la noche deja de ser un refugio para convertirse en una prolongación invisible de la jornada. Seguimos conectados, pendientes, despiertos, dándole vueltas al cubo de Rubik de nuestra existencia, intentando encajar piezas que nunca terminan de coincidir, tratando de sostener una seguridad que se deshace entre los dedos.

Rosa imagina con humor a la gente indignada, insomne organizada, manifestándose en las calles para denunciar su malestar: ¡No podemos dormir! La escena, que podría parecer absurda, revela una certeza: vivimos en un modelo extractivo que nos exprime incluso el sueño, que confunde bienestar con docilidad y productividad con sentido. Y, en esto, cada una y cada uno de nosotros no estamos solos.

¿Hasta cuándo vamos a tolerar estos modelos sociales extractivos, basados en la producción y sostenidos por valores que ensalzan el aprovechamiento del tiempo como si hacer siempre cosas fuera el único sentido de existir?

¿Hasta cuándo vamos a seguir confundiendo la hiperactividad con vivir y aprovechar la vida?

¿Para cuándo un liderazgo verdaderamente generativo, que ponga el acento en cuidar, en sostener, en aportar valor a las personas más allá de hacerlas más productivas y comprometidas con los objetivos?

¿Para cuándo un modelo organizativo que mida también el progreso por la capacidad de las personas de dormir bien, de sentirse seguras, de cerrar los ojos sin miedo ni deuda?

Byung-Chul Han, en su conferencia en los Premios Príncipe de Asturias, advertía que ya no vivimos bajo el dominio del amo, sino bajo la tiranía del rendimiento. No necesitamos vigilancia externa porque nosotros mismos; nos hemos convertido en nuestros propios vigilantes. La sociedad del cansancio no nos impone dormir poco; nos hace sentir culpables por hacerlo.

El propósito de la consultoría en un mundo insomne

Tal vez la consultoría, en un mundo que ya no duerme, debería asumir también una función reparadora. No como un oficio que prescribe métodos o impone cambios, sino como un arte de devolver equilibrio allí donde no lo hay. Porque acompañar procesos no es solo optimizar estructuras: es ayudar a las personas a recuperar su ritmo, a distinguir entre el ruido del sistema y su propia respiración.

Me pregunto hasta qué punto este tema —el insomnio, la fatiga, la pérdida del descanso interior— debiera formar parte explícita del propósito de la consultoría. Sé que no suele ser el objeto de la demanda, que las organizaciones piden resultados, eficiencia, innovación. Pero, si hablamos de una consultoría que tenga en cuenta a la persona, ¿cómo podríamos omitirlo?

¿De qué sirve rediseñar procesos si los cuerpos que los sostienen están exhaustos?

¿De qué sirve hablar de cultura organizativa si hemos normalizado la vigilia permanente como forma de vida?

Acompañar no es un gesto neutral: tiene raíces éticas. Uno puede estar al servicio de una organización, pero no puede subordinarse a cualquier propósito. “Vender” no es sonreír ni complacer, sino revelar una necesidad que merece ser atendida. Por eso, tal vez la primera pregunta que debería hacerse quien acompaña no es qué quiere la organización, sino qué necesita la vida que discurre dentro haciendo que funcione.

El espejo del aguador

En este punto resuena la figura que Lawrence Durrell dibuja en su Cuarteto de Alejandría (o en su Quinteto, ahora no lo sé): la del aguador de los desiertos de Egipto, que reparte agua gratuitamente a los caminantes, pero que, en el momento en que el viajero se lleva el cazo a la boca, levanta un espejo ante él para que, al verse bebiendo, recuerde que es mortal.

No hay gesto más bello ni más humilde: ofrecer agua y conciencia al mismo tiempo. El agua calma la sed del cuerpo; el espejo despierta la del alma. Ese gesto, tan simple y tan sagrado, contiene una pedagogía del límite, de la humildad, de la comunidad.

Hoy, en cambio, vivimos de espaldas a la muerte. Evitamos nombrarla, incluso ante los niños, como si fuera algo indecente. Hemos convertido la finitud en tabú y, con ello, hemos alimentado la soberbia, la individualidad, la voracidad y la falta de empatía que caracterizan nuestro tiempo. Y, sin embargo, recordar que somos polvo — Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris — es una forma de reconciliarnos con lo esencial: con la fragilidad compartida que nos hace humanos.

El consultor como aguador

Quizás el consultor contemporáneo deba asumir, precisamente, esa función: ser el aguador de las organizaciones, el que ofrece agua a los caminantes del sistema y levanta un espejo ante ellos. No un gurú, no un redentor, sino alguien que reparte lucidez en medio del cansancio.

Su tarea no consiste en prometer felicidad ni en sostener la ilusión del bienestar productivo, sino en ayudar a ver, en devolver conciencia. Su presencia ha de ser un recordatorio de que las personas no son recursos, de que los equipos no son máquinas de rendimiento, de que el liderazgo no se mide en sonrisas, sino en sentido. En sentido, sí, para todos y todas.

El consultor-aguador no impone, no adoctrina, no vende salvación. Su papel es más discreto y esencial: acompaña, pregunta, escucha, refleja. Ofrece agua —claridad, pausa, tiempo— y sostiene el espejo —verdad, coherencia, humildad—.

Dormir, entonces, deja de ser un lujo. Es el signo de que hemos dejado de luchar contra lo que somos. Porque dormir bien es también una cuestión ética: no se trata solo de cerrar los ojos, sino de poder hacerlo sin que la conciencia pese, sin sentir que hemos traicionado algo esencial, sin preocupaciones de quita y pon, sin miedo.

Quizás, al final, esa sea nuestra tarea como consultores y como personas: repartir agua en el desierto del cansancio colectivo y, cuando alguien beba, recordarle con suavidad que es mortal y que, por lo tanto, está vivo. Porque solo quien acepta su finitud puede descansar, y solo quien descansa puede volver a soñar.

Manel Muntada Colell
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