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Normalmente definimos la consultoría como una actividad que se basa en proyectos. Esto se traduce en actividades que tienen una fecha de inicio y otra de final. Sin embargo, hay ocasiones en las que, por razones a veces no tan previsibles al comenzar la relación de consultoría, se establecen vínculos de medio o largo plazo. Entonces, la actividad puede dejar de fluir en base a proyectos. Se materializa mediante un asesoramiento diluido en el tiempo. En parte supone una labor de mentorización y en parte debe proporcionar miradas complementarias a las que se obtendrían dentro de la organización para la que trabajamos.

Si miras tu actividad de consultoría, ¿trabajas con clientes con los que has desarrollado un vínculo a medio o largo plazo? ¿Cómo has llegado a esa situación? ¿Fue algo intencional o surgió, digamos que de forma progresiva, a medida que se afianzaba una relación de trabajo proveedor-cliente?

Pregunto lo anterior porque me parece que ambas situaciones, la intencional y otra que podríamos llamar emergente, son posibles. No son, por supuesto, excluyentes. No es fácil predecir el nivel de complicidad que vas a conseguir con una organización para la que estás trabajando. Nuestra obligación como profesionales de la consultoría es crear un clima de confianza en la relación. Pero esto no impide que en ciertas ocasiones exige discrepar. No conviene perder este norte: tenemos que ser capaces, también, de ofrecer un punto de vista diferente.

Esta relación de medio-largo plazo requiere otra manera de estructurar la prestación del servicio. ¿Cuánto facturamos y cada cuánto facturamos? ¿Incluimos unos puntos de contacto sistemáticos que se repiten en el tiempo con una cadencia acordada previamente? ¿Dejamos la puerta abierta a que los contactos fluyan según las necesidades del momento? ¿Acordamos una facturación fija o la hacemos fluctuar en función de nuestra dedicación? ¿La facturación se deriva simplemente del número de horas que dedicamos? ¿Realmente podemos medir nuestra aportación de valor en función de esas horas?

No es fácil encontrar respuestas únicas. Quizá haya que ir caso por caso y buscar soluciones ad hoc. No todas las relaciones de consultoría de medio-largo plazo deben pasar por el mismo patrón en cuanto a su despliegue y facturación.

Esta recurrencia en la facturación siempre es bienvenida. Contribuye a eliminar ciertos miedos asociados al concepto de proyecto, que conduce al estrés de depender de si somos capaces de ir cerrándolos en número y calidad suficientes para mantenernos a flote.

Por otra parte, si tengo que posicionarme, diría que hay que probar esta otra manera de hacer consultoría, no tan asociada al proyecto puntual. Eso quiere decir que habrá que desplegar cierta proactividad para buscar este tipo de relación: ¿a quién proponérselo y con qué argumentos? Es evidente que el grado de complicidad que conseguimos en los proyectos es muy diferente. ¿Cuándo sentimos una química especial? Puede que tenga mucho que ver la conexión personal, por decirlo de alguna manera. A fin de cuentas, la organización para la que trabajamos es una cosa y las personas concretas con las que interactuamos es otra. Si hacemos química se abre la posibilidad de disfrutar de relaciones de mayor duración, ¿no?

En mi caso, llevo ya unos últimos años en los que trabajo para muy pocas organizaciones, pero con proyectos que se alargan en el tiempo (en realidad es una mezcla de proyectos concretos y asesoramiento general). He llegado a este modelo de relación más como consecuencia de proyectos concretos que no tanto por buscarlo de manera proactiva, que era lo que recomendaba antes. Claro que mi relación con la universidad, iniciada en 2003 y todavía vigente, es un elemento que puede distorsionar mi supuesta necesidad de vínculos de largo plazo con organizaciones cliente. Esta relación se ha mantenido de forma permanente por un período extraordinariamente largo.

Así pues, ¿cómo gestionar esta dualidad de «proyecto a proyecto» y de «relación más o menos estable» con un cliente? En mi círculo de amistades de consultoría veo claramente que hay un modelo de consultoría que pasa casi exclusivamente por relaciones estables. ¿Me dan envidia? Sí y no. Siempre me ha gustado picotear en diversas organizaciones porque me parece que eso enriquece mi labor de consultoría. De hecho, soy de los que casi siempre acudo a experiencias previas cuando aparece un proyecto que tiene relación con algo que ya hice en el pasado. No tanto por replicarlo, pero sí por aportar al nuevo cliente referencias reales del pasado que pueden ser fuente de aprendizaje.

En fin, lo dicho: ¿dónde te sientes más a gusto?, ¿eres de proyecto a proyecto, o mejor trabajar con clientes con los que desarrollar relaciones más estables de consultoría? Up to you, que dirían los anglosajones.

Julen Iturbe-Ormaetxe

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